Persona terca: ¿Cómo reconocerla y lidiar con ella?

Persona tercaLa terquedad es una de las formas de actuar que más difícil puede hacer el entendimiento con estas personas.

La terquedad no es siempre algo negativo, ya que en ciertas circunstancias también indican determinación y tesón de la persona por realizar algo que se ha propuesto. Sin embargo, hoy nos centramos en la testarudez que hace a la persona “estrecha de mente” y con poca capacidad de adaptación a los cambios.

Una persona testaruda mantiene una opinión, muchas veces sin argumentos concluyentes, y es incapaz de aceptar otras opciones o puntos de vista frente a una situación. Esto hace que en muchas ocasiones resulte realmente complicado llegar con ella a acuerdos consensuados y casi imposible que cambie de opinión cuando ya tenga su estructura mental formada respecto a algo.

Las personas tercas tienen una opinión formada e inamovible de casi todo y es casi imposible convencerlos para que se abran a otras posibilidades y opciones.

Identificar a una persona terca puede resultar bastante evidente cuando estamos confrontando opiniones sobre alguna cuestión, aunque sea algo simple o poco trascendente. Suelen ser aquellas personas que tienen una concepción única del mundo, no ven matices ni son capaces de valorar distintas opciones: algo es así y es así. Da igual que se le expongan argumentos contrastados en contra de lo que dice o que todo el mundo en la conversación intente persuadirlo o de matizar con argumentos su idea.

En general son personas que tienen miedo a los cambios. Consideran que dentro de su postura se encuentran cómodos y seguros, y tomar otras opciones o incluso considerarlas les provoca un desasosiego que no quieren asumir.

En su concepción única de las cosas se encuentran cómodos y la tienen bajo control. Una vez han tomada una determinación de cómo es algo o cómo debe hacerse llevan su idea hasta el final; tienen pocos recursos para adaptarse y modificar su actitud frente a nuevas circunstancias que aparezcan.

¿Cómo lo hacemos cuando la persona terca es alguien de nuestro entorno social próximo o dentro de la familia?

Lidiar con una persona terca en el entorno familiar puede ser bastante agotador y llegar a ser exasperante, lo que puede ser causa de importantes problemas de convivencia en el seno familiar.

Dentro de la familia las decisiones que se van tomando sobre cómo dirigir nuestro hogar deberían estar consensuadas, al menos en el ámbito de la pareja, y cuando los hijos tienen ya una edad, también debemos considerar sus opiniones. También es muy habitual situaciones de tensión entre hijos adultos y sus padres mayores; o entre los padres y los hijos testarudos.

Lo primero que debemos hacer cuando tratemos con una persona testaruda es armarnos de paciencia en cualquier discusión o toma de decisiones.

  • Evitar la confrontación directa y las frases de tipo “eso no es así”, “te equivocas” o “no llevas razón”. Intentar ser persuasivos, hablando de forma tranquila y siendo empáticos.
  • No entrar en discusiones y en enfrentamientos banales. Evitar discutir por cuestiones que no sean importantes. Esto simplemente nos agotará en nuestro día a día y podrá colmar nuestra paciencia para usarla en lo realmente importante.
  • Cuando tratéis un tema importante, céntrate en la cuestión y no derives la conversación hacia otros temas o cuestiones personales. Cuida el lenguaje y piensa bien lo que dices antes de pronunciar las palabras.
  • Considera la opinión de la persona terca, que alguien sea terco no significa necesariamente que esté equivocado en sus ideas.

¿Cuándo NO deberías salir de tu zona de confort?

Cuándo NO deberías salir de tu zona de confortLlevamos ya muchos años escuchando la famosa frase que nos recomienda salir de nuestra zona de confort con frases o titulares del tipo: “Tienes que salir de tu zona de confort”; “Sal de tu zona de confort”; o incluso indicándonos las pautas para hacerlo “Cómo salir de tu zona de confort”.

Las aseveraciones y recomendaciones generalistas son siempre un arma de doble filo. Aunque pretendan rodearnos de negro y blanco, los grises son los que nos dirigen, en la mayoría de los casos, hacia tomar unas decisiones u otras.

Para poder apreciar esos grises o matices que nos permitan decidir qué cambiar o cómo actuar debemos realizar un trabajo previo de análisis sosegado y objetivo de dos aspectos: en qué situación estamos y qué pretendemos con el cambio o salida de la zona de confort. Este trabajo debe ser individual, nosotros mismos; pero también debemos hacer partícipes a nuestra pareja o familia si esos posibles cambios van a tener consecuencias sobre sus vidas.

Hay que salir de la zona de confort cuando ese confort realmente no es tal, en el sentido de que no estemos a gusto en ese aspecto de nuestra vida que quizá se ha vuelto rutinario o no nos satisface; por tanto realmente, la frase también podría reformularse como “sal de tu zona de incomodidad”.

Pero cambiar por cambiar, sin un ejercicio previo de reflexión serio, pausado y con un análisis objetivo de nuestra situación no tiene demasiado sentido; o aún peor, nos puede llevar a una situación indeseada, simplemente por no pararnos a pensar un poco. Pensar no significa frenarnos, es decir, en ocasiones tenemos que tener el valor y la fuerza para afrontar ese temor e incertidumbre que lleva el realizar cambios. Simplemente se trata de valorar y actuar en consecuencia.

Este análisis debe estar basado en hechos o datos reales acerca de nuestra situación actual y de nuestra necesidad real de cambiar.

Salir de nuestra zona de confort no es saltar al vacío sin paracaídas

Cuando se utiliza el término salir de la zona de confort debemos afrontarlo más bien como un no paralizarnos por miedo a realizar un cambio buscando una mejoría en nuestra vida; realizar otras actividades o nuevos proyectos profesionales. Por supuesto, debe ser un cambio que nosotros queramos hacer y para el que hay que estar preparado.

Cuando no debemos salir de la zona de confort

  • No debemos salir de nuestra zona de confort si no hemos sido nosotros los que percibamos la necesidad de cambiar cierto aspecto de nuestra vida o de emprender un nuevo proyecto. El deseo de cambio no debe venir del exterior, impuesto por los demás.
  • Salir de la zona de confort no es poner patas arriba toda nuestra vida. No es cambiar absolutamente todo o lanzarse a nuevos proyectos sin un análisis previo de porqué lo hacemos y si lo necesitamos hacer.
  • El inconformismo continuo que puede generar vivir con la idea de “tengo que salir de mi zona de confort” puede ser extenuante y nada aconsejable para nuestra estabilidad emocional y psíquica.
  • Cuando no estemos preparados, con fuerza y ánimo, para afrontar un cambio.
  • Si ya hemos afrontado bastantes cambios en nuestra vida (varias salidas de nuestra zona de confort) y ahora queramos mantener una situación de tranquilidad con pocos cambios.

Ir dando cambios continuos por la vida o iniciando nuevos proyectos sin un objetivo concreto no tiene mucho sentido en sí mismo. Incluso en muchas ocasiones puede resultar contraproducente.

No puedo parar de darle vueltas a todo

No puedo parar de darle vueltas a todoMi cabeza no deja de pensar y darle vueltas a todo; cualquier cosa, cualquier conversación la analizo una y otra vez. Y si le sentó mal lo que dije; y si es algo malo esta molestia que tengo en el estómago; y si al hacer tal cosa luego es peor;… Y con las palabras “y si” al menos denotamos cierta positividad, pero si lo alternamos con “seguro que” continuado de una frase en negativo como: “seguro que me escuchaba pero no le interesaba lo que dije”; “seguro que mando el currículo pero no me cogen”… Si tu cabeza anda entre condicionales e intentos de predecir el futuro (“y si”) o eres ya vidente (“seguro que”) necesitas poner freno a tu mente y dirigirla a pensamientos más positivos y realistas.

Son varias las situaciones que nos pueden llevar a estar dándole vueltas en nuestra cabeza a todo lo que nos ocurre. Inseguridades, pesimismo, estados de ansiedad; todas son situaciones que podemos mejorar con terapia psicológica o psicofármacos para ayudar a frenar nuestra cabeza y dirigirla a pensamientos o formas de pensar más saludables para nosotros.

  • Inseguridad. Analizamos todo como intentando confirmar que hemos actuado correctamente; que no hemos molestado a nadie; que quizá debería haber hecho otra cosa. Esta inseguridad puede ser debido a un rasgo típico de nuestra personalidad o haber aparecido como consecuencia de una vivencia traumática que nos hace dudar de nuestra capacidad para tomar decisiones adecuadas para nosotros. Sea cual fuere su origen, la inseguridad en nuestra capacidad de decidir y actuar puede suponer un grave problema para nuestra salud mental si lo mantenemos en el tiempo. Por ello es importante que no menospreciemos estas situaciones y acudamos a terapia con nuestro psicólogo para ponerle solución cuanto antes.
  • Pesimismo. Sí, a veces la realidad nos da unos cuantos reveses y cuesta ver con positividad u optimismo el futuro, pero se trata de ser realista, y con esto no queremos decir que tengamos que ser ilusos y no pensar que algo no puede salir mal; claro que sí. El problema es pensar que nunca puede salir bien, y que todo lo que puede salir mal lo hará, ahí está el error. La terapia nos puede ayudar a cambiar el enfoque que hacemos de los problemas y a que encontremos formas de resolución de estos sin entrar en bucle.
  • Ansiedad. En cualquiera de los casos el darle vueltas a una situación en nuestra cabeza de forma constante y en bucle raramente nos va a ayudar a dar solución al problema. Claro que debemos analizar las situaciones y nuestros problemas para poder actuar de la mejor forma posible; pero en nuestro análisis debemos utilizar certezas y hechos probados; y no incluir el infinito número de conjeturas y posibilidades que nuestra cabeza pueda añadir (reales e inventadas). En un estado de ansiedad difícilmente podremos tener claridad mental para analizar con coherencia nuestro entorno, por lo que bajar el nivel de ansiedad y estrés será importante para “dejar de darle vueltas al coco” cuando no es necesario.

Revertir la situación

Vivir la vida en nuestra cabeza como si fuera un teatro dramático con un guion ya escrito en el que todo se complica un poco más o en el que todo que sale mal no es la vida de verdad. Como ya hemos comentado, está claro que debemos analizar nuestros problemas y por supuesto en ocasiones repensar nuestras actuaciones pasadas para aprender y corregir errores, pero esto debe hacerse de manera eficaz y definitoria. Es decir, ser capaces de dar por terminado el análisis, adoptar una decisión final y afrontarla con todas sus consecuencias, el conocido “a lo hecho, pecho”. Que nos podremos arrepentir, puede ser; pero también nos podremos alegrar; y sobre todo, nuestra cabeza no estará ocupada más de lo que debe en “posibles situaciones” y podremos centrarnos más en vivir la vida que está pasando delante de nuestras cabezas y no en nuestras cabezas.

Comer por ansiedad: adicción a la comida

Comer por ansiedadUna frase que cada vez está más asumida cuando alguien se pone a dieta es: “a mi para adelgazar es que tienen que cambiarme la cabeza”. Y es que, aunque dicho de una forma un tanto brusca, no está del todo carente de sentido.

El estrés y la ansiedad son unas de las principales causas del sobrepeso y la adicción a la comida. Por ello, además del apoyo fundamental de un nutricionista que nos oriente e instruya en cómo comer sano y de forma adecuada, muchas personas necesitan de apoyo psicológico para eliminar la causa de esa necesidad irrefrenable y descontrolada por comer.

¿Por qué la ansiedad nos hace comer compulsivamente?

La comida y en concreto determinados tipos de alimentos tienen un efecto gratificante casi inmediato en nuestro cerebro. Es más, además de resultar satisfactorio en ese momento, determinados compuestos químicos presentes en ellos nos inducen a comer más. Cuando una persona está ansiosa y quiere reprimir o anular esa sensación angustiosa recurre en un gran número de ocasiones a la comida como vía de escape. Y raramente recurrirá a un plato de espinacas o a unas lentejas; las pizzas, dulces, chocolates y snacks será los elegidos. Alimentos generalmente ultraprocesados, ricos en azúcar y saborizantes que nos inducen a comer más.

El problema estriba en que esa sensación de bienestar que pueden provocar ciertos alimentos es sólo momentánea; además, el comer de manera compulsiva durante una crisis conlleva un efecto secundario que puede empeorar la situación: la sensación de haber hecho algo de forma impulsiva y el sentimiento de culpa por nuestra falta de autocontrol.

La ansiedad debe ser tratada, tantos sus síntomas como sus causas.

Una persona no debería asumir que vivir con ansiedad es la forma en la que va a desarrollarse su vida, al igual que el estrés diario no puede convertirse en una forma de vida. Como hemos comentado anteriormente este estrés, sin llegar a ser ansiedad, también puede provocar una relación equivocada con la comida.

Pero la ansiedad puede tener otras causas que no son directamente el estrés y debemos tratarnos por un psicólogo para que nos ayude a buscar nuestro camino para mejorar la situación. Con una terapia psicológica adecuada podemos mejorar mucho nuestra calidad de vida. Y si además buscamos perder peso, disminuir nuestra ansiedad será el primer paso para conseguirlo.

Los síntomas y consecuencias de la adicción a la comida por causa de la ansiedad son tanto físicos como psicológicos

Las principales consecuencias físicas de la adicción a la comida son los problemas médicos causados por una mala alimentación: sobrepeso, diabetes, problemas cardiovasculares, alteraciones intestinales, etc.

Los problemas psicológicos estarán relacionados con nuestro aspecto físico y con nuestra consciencia de la incapacidad de autocontrol. Todo esto no ayudará a que las causas originales de nuestra ansiedad mejoren, en todo caso, tenderá a agravarla o cronificarla. Por ello, realizar un trabajo personal en el que analicemos si nuestra relación con la comida es adictiva y en el que firmemente creamos que hay que cambiarlo puede ser el primer paso para pedir ayuda psicológica especializada.

Cómo perjudica la tecnología a los niños

Cómo perjudica la tecnología a los niñosEstá ya comprobado con multitud de estudios que las tecnologías tienen consecuencias perjudiciales para los niños si no se hace un uso racional de ellas y en las edades adecuadas.

Cuando hablamos de tecnología incluimos tanto los aparatos (móviles, videoconsolas, tablets…) como sus contenidos (vidojuegos, juegos online, chats, redes sociales, canales de youtube, etc.).

Algunos de los efectos perjudiciales de las tecnologías sobre los chicos y chicas en edad infantil y en la adolescencia son:

1. Aumentan la irritabilidad y el nivel de estrés.

Es habitual que tras dejar de interactuar con el juego o con el chat los niños se muestren acelerados, muy excitados y reaccionen de forma exagerada ante un comentario que les hagamos. Esto sin mencionar su humor cuando les avisamos de que ya llevan mucho tiempo enganchados y deben dejarlo.

2. Empeoran otras dificultades en el habla y el razonamiento.

Los chicos con dificultades en el habla que requieren de tranquilidad y control de la respiración para mejorar sus habilidades comunicativas muestran un retroceso en su mejoría tras una hora con la videoconsola o interactuando en las redes sociales.

3. Favorece el sedentarismo y disminuyen la capacidad física de los niños.

La falta de ejercicio físico en niños y adolescentes y el aumento de la obesidad es ya un problema grave en Andalucía. Esto es en gran medida consecuencia del cambio en la forma de ocio de los jóvenes y que está directamente unido al uso excesivo de las tecnologías. Por otro lado, los profesores de Educación Física llevan tiempo alertando de que los chichos presentan cada vez más dificultades (son cada vez más “torpes”) a la hora de realizar actividades físicas básicas relacionadas con el equilibrio y el control del cuerpo.

4. Distorsión de la realidad.

El exceso de tecnología en niños y adolescentes les provoca una distorsión de su entorno y el mundo; y los incapacita para diferenciar entre un mundo real y un mundo virtual (inventado e ideal).

5. Falta de concentración y atención sostenida.

Las pantallas y la interacción continua con lo digital disminuyen sus capacidades de concentración y atención sostenida en una clase o una explicación.

6. Baja tolerancia a la frustración.

No recibir un me gusta a una publicación, una contestación inmediata a un mensaje que se ha mandado en un chat, o a una llamada les provoca ansiedad y frustración.

Como evitar los problemas que conllevan la tecnología en los niños

Los padres y madres debemos controlar tanto los tiempos que pasan nuestros hijos con la tecnología, los contenidos que ven, así como la edad adecuada para comenzar a usarlos. Para ello, además de sentido común también debemos formarnos asistiendo a sesiones y charlas formativas impartidas por especialistas en la materia (psicólogos, médicos, psicopedagogos y docentes).

Mi hijo tiene un problema con la tecnología, necesito ayuda

Los problemas de adicción a la tecnología en niños y adolescentes son una realidad que forma parte ya de nuestra sociedad. Para reconducir estos comportamientos adictivos y reducir los efectos nocivos sobre los chicos y chicas es necesario que pidamos la ayuda experta de un psicólogo infantil y juvenil con el que trabajemos para solucionar el problema.

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